ToribioGalindez

ToribioGalindez en PIENSO "DE QUE" 03 de Mayo de 2018

Hoy no tengo ganas

No sé sobre qué carajos escribir. Sentí que si contemplaba la lluvia que cae en esta fría tarde de otoño podría tener un momento de inspiración, pero la verdad es que no se me ocurre nada. Quiero contar una historia; pienso en un personaje, que no tenga nombre, pero que podamos llamar Agustín, por su cara. Porque todos los nombres tienen una cara en la que pensemos al decirlo, o, mejor dicho, todas las caras tienen un nombre “asignado”. En realidad es lo segundo. Porque si pensamos en la “cara de Agustín” nos zambullimos en la perplejidad en la que es inevitable zambullirse al pensar en algo de semejante abstracción. Pero, si quisiéramos, podríamos perfectamente asociar una cara con un nombre. “Vos tenés cara de…”. No sé bien por qué. Es algo que surge y punto. No hay que darle tanta vuelta a la cosa. Lo insólito es, sin embargo, que todos pensamos parecido, y no es que hay un manual o algo así para asociar caras con nombres. Pero… ¡Que delirio sería eso!

Quien comparte mi opinión acerca de este tema podrá imaginarse que no conozco a nadie llamado Agustín, porque, de ser así, la "cara de Agustín" sería, para mí, la cara de aquel Agustín que conozca y el juego de relacionar caras con nombres no aplicaría para el caso “Agustín”.

Claro que podría simplemente llamar al personaje Agustín y ahorrarme la explicación de por qué tiene cara de Agustín, además de las comillas que tendré que poner siempre que refiera al personaje llamándolo por su nombre –para aclarar que Agustín no es su verdadero nombre (o que al menos eso creo yo, extrañamente, porque le vi cara de Agustín) pero que como le vi cara de Agustín decidí llamarlo así para mi historia (ya verán porque digo que "le vi cara de")–, pero prefiero explicar esta cuestión y dejar en claro este tema. 

En fin. Pienso que al personaje con cara de Agustín podría ocurrirle algo. Algo insólito. Y yo sería testigo de aquello; observaría desde un auto, o desde un colectivo, o desde el banco de una plaza, para que "Agustín" no sintiera mi presencia durante los hechos. 

Al comenzar, aclararía que, lógicamente, la historia hubiese sido mejor con este pibe de narrador, pero que, al no saber nada de él más que lo que le sucedió –y que estaría por contar– (porque narraría lo que observé desde un auto, un colectivo o un banco de una plaza) la contaría yo. 

Se me ocurre también plantear la existencia de la posibilidad de que el pibe haya escrito en algún momento lo que sucedió aquella tarde fría de otoño –como la de hoy– y yo nunca me haya enterado, pero que eso sería muy improbable porque este pibe no tendría cara de escritor. Y que no es que exista una “cara de escritor”, pero que por su aspecto podría decir que el pibe nunca escribió sobre lo ocurrido. También atribuiría a “Agustín” la cualidad de desinteresado, que me pondría a mí otra vez en un lugar valioso y me otorgaría el papel de “más adecuado para escribir la historia”, luego de haberme desvalorizado al explicar que la historia hubiese sido mejor con el pibe –que podría estar sólo y recibir una llamada– de ponente.

Pareciera estar todo en orden como para comenzar a escribir la historia, pero falta algo: lo que le sucede al pibe. Lo jodido está en que tiene que ser lo suficientemente relevante como para que yo haya querido escribir la historia.

Podría entonces decir que la llamada que “Agustín” atendió se trató de algún pariente enfermo que necesitaba de su ayuda para sobrevivir, o de alguien que confesó en la justicia y comprometió a “Agustín”, o de otros miles de conflictos –de los que ya estamos cansados– posibles. También podría decidir que “Agustín” no atendió la llamada y que yo me quedé pensando en de qué podría haberse tratado esa llamada, y sobre eso escribir. Pero hoy no tengo ganas. Simplemente no tengo ganas.

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